Una democracia mejor, con la ayuda de la innovación digital

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En: La Vanguardia.es

 

GARRY KASPÁROV
  

Las tecnologías van muy por delante, impulsadas por los científicos y los ingenieros, las empresas gigantes y la inversión pública. La sociedad corre para adoptarlas sin un plan, sólo con las fuerzas del mercado y el insaciable deseo humano de lo más nuevo, lo más rápido, lo mejor. La política, en cambio, las sigue arrastrando los pies. En un momento en que las instituciones democráticas de todo el mundo sufren desgaste, los mecanismos de la política (desde el sondeo de opinión hasta la búsqueda de compromisos y el voto) parecen incapaces de adaptarse a los cambios de la vida moderna.

La solución es abrazar el espíritu del progreso tecnológico e introducir la innovación en nuestra democracia y nuestros procesos políticos, para que estén a la altura de las exigencias de los tiempos. Con imaginación, esfuerzo y cuidado, podemos poner al días nuestros sistemas políticos recurriendo a una tecnología que los mejore.

Al fin y al cabo, la democracia está en crisis. Habiendo observado de cerca la muerte de la democracia rusa, sé que no basta con tener un sistema bien diseñado sobre el papel. Ni tampoco basta que la gente crea en él. Tan importante como eso es alentar a los ciudadanos a que se tomen sus responsabilidades cívicas en serio. La democracia tiene enemigos, desguazadores que la socavarán y destruirán para su propio beneficio. Dinero negro, ocultación de votantes, conflictos de intereses… los desafíos son enormes, sin mencionar siquiera la interferencia externa y el fraude descarado.

El populismo ya rugía antes de la pandemia

El populismo ya surgía antes de la pandemia. Sin embargo, la covid-19 exacerba las presiones sociales y económicas, pone de manifiesto la disfunción del gobierno y convierte la frustración de los ciudadanos en rabia. La gente desahoga esa rabia en Internet y en las calles. Los demagogos y los radicales la explotan, mientras los partidos tradicionales y las opiniones moderadas naufragan. Las mentiras y los ataques obtienen más atención que la cooperación y los compromisos que mejorarían el bien común. Las personas se dividen en tribus hiperpartidistas, se se autoexilian en burbujas informativas y ven cada vez más a sus conciudadanos como si fuera el enemigo.

Esos problemas se ven agravados por la tecnología digital. Internet ha hecho con la política lo que ha hecho con todo lo demás: acelerarla y descentralizarla. Las encuestas políticas, la publicidad y la recaudación de fondos se han vuelto más rápidas y muchísimo más dirigidas. Sin embargo, el cambio no era tan peligroso antes de la llegada de las redes sociales. Mientras todos pregonan sus puntos de vista, forman grupos en torno a sus opiniones, lo cual fomenta el tribalismo.

Cuando el filósofo José Ortega y Gasset escribió La rebelión de las masas en 1929, miraba hacia atrás, hacia el colapso del orden mundial ocurrido tras la primera guerra mundial. El viejo sistema fue dejado de lado en muchos países por los nuevos movimientos radicales, desde los fascistas hasta los comunistas, que prometieron acción a toda costa y produjeron horrores.

La sociedad es menos propensa al extremismo de lo que podría parece repasando las noticias

No hemos llegado a ese punto todavía. La sociedad es menos propensa al extremismo de lo que podría parece repasando las noticias. Las investigaciones muestran que hay una voluntad pública de llegar al acuerdo y el compromiso; sobre todo, cuando se trata de asuntos locales y personales como las escuelas, la delincuencia y la atención sanitaria. Ello refleja una “mayoría silenciosa” de moderados. Es una ayuda que los políticos locales tengan que hacer cosas, en lugar de dedicar el tiempo a recaudar fondos y atacar a los oponentes en la televisión y las redes sociales.

Algunos creen que, como los procesos políticos son muy delicados y como toda nueva tecnología conlleva amenazas ocultas, es mejor hacer ajustes muy suaves en nuestras prácticas políticas en lugar de revisarlas concienzudamente. Pero yo opino lo contrario. La política es demasiado importante para no cambiarla, para no correr riesgos cuando es tanto lo que nos está fallando.

Necesitamos experimentar con soluciones que rejuvenezcan el centro político, aprovechando esas mismas innovaciones tecnológicas que suelen dividir a las personas. De otro modo, se perpetuará el ciclo de extremismo y discordia. No existe, por supuesto, ninguna varita mágica digital. Y mi experiencia se centra en el diagnóstico de las democracias enfermas; no me presento con un plan ordenado para que puedan recobrar la salud. Sin embargo, tres reformas dan una idea del tipo de cambios que necesitamos para fortalecer la democracia.

La primera es el “voto consultivo”. Es un ágora virtual que permite a los ciudadanos convertir la opinión pública en algo políticamente concreto. Puede escalarse al nivel de la provincia, el estado o la ciudad y permite a la gente debatir y votar sobre los temas que más le interesan. Los candidatos marginales y las opiniones extremistas suele dominar las conversaciones online, pero fracasan en las urnas, lo cual es un hecho reconfortante pero cada vez menos cierto.

El voto consultivo ofrece las ventajas de la deliberación digital sin el fragor de la discusión. Está abierto a todos los ciudadanos, los temas son propuestos por la gente, y los votos proporcionan una imagen de la opinión pública que informa a la política. Puesto que las personas se identifican y tienen que participar para poder votar, en los debates hay buena voluntad y no sólo la anónima furia digital. Incluso The Economist celebra una de sus formas, las asambleas de ciudadanos, que ya han demostrado su eficacia en Irlanda, España, Taiwán y otros lugares.

Mecanismos para mejorar la democracia

 

Para apoyar el voto consultivo, los gobiernos pueden crear un organismo oficial que lo gestione: el ayuntamiento de la época digital. Tendría cuentas verificadas y sería transparente, no partidista y sin ánimo de lucro. Con el tiempo, las peticiones formales de los gobiernos, que suelen basarse de modo típico en firmas sobre papel, podrían pasar a la plataforma, con lo que serán más fáciles y más receptivas a las demandas ciudadanas. La mayoría de los países desarrollados ya poseen los elementos básicos para ello, desde los permisos de conducir y los pasaportes hasta los números de la seguridad social. Llevar esos viejos sistemas de registro a la velocidad digital para mejorar el proceso político constituiría una poderosa evolución en el apoyo de la democracia.

Otro mecanismo para mejorar la democracia es fomentar en torno a un asunto coaliciones de políticos pertenecientes a distintos partidos. Antes solía haber alianzas de derecha y izquierda en materia de seguridad nacional, por ejemplo, o liberales progresistas que eran conservadores fiscales, y viceversa, lo que permitía alcanzar compromisos y políticas bipartidistas. Se trata de un fenómeno casi inimaginable hoy en Estados Unidos y en otros lugares. La adhesión a una ideología partidista rígida hace que los moderados teman los cuestionamientos de los radicales de sus propias filas en el caso de que se atrevan a sumar fuerzas con miembros de otro partido.

Por lo tanto, en lugar de luchar por un potencial tercer o cuarto partido que proporcione más opciones políticas, necesitamos agrupaciones más fluidas que pongan los asuntos y los resultados por encima de cualquier partido. La tecnología puede usarse para identificar temas comunes y formar coaliciones con un amplio apoyo público, siguiendo el espíritu de las campañas en Kickstarter pero en política. Por ejemplo, las cuestiones ambientales se asocian con la izquierda y las políticas favorecedoras de los negocios con la derecha; pero esa visión pasa por alto que las empresas se han reorientado en torno al sector verde.

Podrían formarse coaliciones políticas que fusionaran tales objetivos. Aunque eso requiere un mecanismo abierto mediante el cual expresar las preferencias políticas. Se trata de algo especialmente importante en el plano local, que puede ser un centro de gravedad para la moderación y el compromiso. Ayudaría a los ciudadanos a superar unos partidos políticos en decadencia que representan tantas cosas que apenas representan a nadie. En los partidos seguiría arraigada la competencia por los cargos y el poder, pero la unión pública en un terreno común impulsaría las políticas hacia la corriente principal. Queremos que nuestra política se alinee con la mayoría de los votantes, no con la multitud de tuits furiosos.

Facilitar lo más posible el voto es un mecanismo subestimado para mejorar la política

Por último, está la participación electoral. Facilitar lo más posible el voto es un mecanismo subestimado para mejorar la política (aunque no lo subestiman quien tratan de dificultarlo). El voto online no es tan fácil como parece. Hay requisitos previos como los documentos nacionales de identidad digitales que en algunos países son un incordio. Sin embargo, con el tiempo, la opción de votar en línea con un registro más sencillo debería convertirse en una característica habitual de las elecciones.

No acudir a las urnas, ya sea de modo virtual o presencial, es un lujo que ya no podemos permitirnos. Los más de 100 millones de estadounidenses que no votaron por el presidente en 2016, representan el 44% del electorado y superan los votos emitidos por Donald Trump o Hillary Clinton. Viniendo de la antigua Unión Soviética, un Estado totalitario, tengo mis reparos a la hora de apoyar algo obligatorio; pero si esas reformas digitales no estimulan una mayor participación política, y si la gente sigue despreciando el voto voluntario, se refuerzan las razones para implantar el voto obligatorio.

La cuestión central no es que estas reformas concretas sean las correctas: es que tenemos que estar abiertos a reformar la política en general, y que podemos imaginar e inventar las mejoras. Por más que la tecnología sea un elemento crucial, las verdaderas soluciones deben provenir del extremo humano de la ecuación. Debemos dar inicio a la ardua tarea de restaurar la confianza en nuestras instituciones. Hemos visto lo bien que derriba cosas el mundo digital. Es hora de ver si también es capaz de construirlas.

 

 

Garry Kaspárov es fundador de la Iniciativa para la Renovación de la Democracia y presidente de la Fundación de Derechos Humanos. Fue el 13º campeón mundial de ajedrez

 

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De The Economist, traducido para La Vanguardia, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, puede consultarse en www.economist.com.

Traducción: Juan Gabriel López Guix

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