El tiempo que tenemos entre Tiempos. Waldo García V

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Una de las primeras novedades virtuales que me desafiaron al inicio del enclaustramiento pandémico fue saber que Newton había terminado de elaborar su Teoría de la Gravedad durante la cuarentena que le correspondió vivir. Reconozco que ha sido la motivación principal para comprender este «tiempo entre Tiempos».

La búsqueda de insumos no fue difícil, aunque parezca extraño, porque ya veníamos hace años participando de experiencias que daban cuenta del agotamiento del Sistema o, como le decían los griegos, Cosmos o como mi origen de pensamiento también se le ha llamado «Mundo». Estaba claro que el sistema extractivista, antropocéntrico, patriarcal, capitalista, estaba llegando a su término. Sólo nos faltaba la muy importante tarea de hacerlo evidente para todos y todas.

A diferencia de lo que ocurría con las muertes en guerras inútiles, el endeudamiento de los muchos, los femicidios, las enfermedades creadas y mantenidas para el lucro, el cambio climático galopante, la idiotez de gobernantes, los regímenes políticos abusadores, la corrupción como forma de vida estimulada, la competencia individualista, el consumismo desenfrenado, los muros físicos y peor aún los legales, el virus de pequeño tamaño logró demostrar que estábamos avanzando a velocidad de atleta hacia la autodestrucción.

Las noticias que veíamos como en otro lugar, en otro país, en otro planeta, llegaron a las puertas de cada casa. La desesperación de los sectores dominantes por mantener el Sistema les lleva diariamente a cometer errores y el virus se les escapa, la infalibilidad que siempre dijeron tener, cambió abruptamente por la incredulidad e ilegitimidad de la ciudadanía.

Luego, esa tarea de difusión del estado de las cosas antes del virus, hacer conciencia, probar con estadísticas lo que gritábamos en el mal llamado «estallido social», que debimos continuar llamándolo «Despertar Social», es uno de los desafíos que fue apoyado por este pequeño y escurridizo virus. Permítame un alcance. Si hubiere sido un monstruo inmenso, seguro que la OTAN y las Fuerzas Armadas del mundo, como con Gotzila, lo hubieren atacado. Los super héroes, como en las películas, hubieren terminado con la amenaza y otros monumentos hubieren sido elevados en las plazas.

¿Quedará algún pobre en el planeta que siga creyendo que el sistema correría en su defensa? ¿Quedará alguien que piense que el Estado es innecesario y que los impuestos a los más ricos no es necesario? ¿Quedará alguna persona que siga pensando que los privados más ricos no lucrarían con el dolor y la muerte?. Como el control de los medios de comunicación masivos está en poder de esos pocos abusadores que nos quieren llamar vulnerables cuando somos vulnerados, debo afirmar con certeza que, aún cuando esa tarea se ha hecho más fácil, las redes sociales, el periodismo directo de la fuente no oficial, tiene aún responsabilidades ineludibles.

Pero la siguiente tarea es mostrar el Nuevo Tiempo. Para ello, también hemos tenido experiencias de encuentros y reencuentros, los conversatorios, e incluso los escuchatorios, nos han permitido tener más confianza y certeza en que el Nuevo Tiempo es posible.

Como ocurre siempre, para anunciar ese Nuevo Tiempo es necesario haber vivenciado experiencias durante el viejo tiempo. La esperanza nace de haber conocido, leído, tocado o escuchado de experiencias entre nosotros, nuestros antepasados, incluso prehistóricas. Si no hacemos esas lecturas anteriores, es más probable que nos carcoma la idea que lo que necesitamos es imposible, es sólo un sueño o peor aún, una mal llamada utopía.

Es tán potente reconocer esas expereincias que también serán las que nos permitirán cuidarlas y seguir practicándolas hasta que el Nuevo Tiempo sea completo. Digo esto porque una vez le dije a mi hijo el orgullo que sentía por la Cooperativa en la que participamos como familia. Llegamos a evitar entregarle 3 millones de pesos mensuales entre los cooperados, al mercado injusto. La primera reacción de mi hijo no me gustó: al mercado no se le movía un pelo. La segunda, su consejo fue brillante: cuando intenten comprarles la cooperativa, si no la venden, entonces ganaron.

Sólo un dato, la vida en comunidad relatada por Pablo de Tarso, llegó a ser tan potente porque cada persona recibía lo que necesitaba, y cada una aportaba según sus posibilidades que son sus dones. Pero cinco siglos demoró el viejo Tiempo en comprarla por medio el imperio, hasta transformarla en una institución rígida en que la comunidad fue aniquilada. La misma actitud que ha tenido el dominante con los pueblos originarios en todo el planeta, hacerles «dueños» de territorios en los que su cosmovisión les hacía responsables de ellos y no propietarios.

Ese es el gran desafío, el cambio de las estructuras culturales -como les llama Howard Richards y Gastón Soublette – por otras que nos otorguen la libertad anhelada, libre de desigualdades, libre de miserias, libre del dolor y desamparo.

En esa búsqueda el hilo conductor es la colaboración, el cooperativismo y mutualismo en lo económico, el biocentrismo en la cosmovisión, el progresismo en la política y, en mi caso, el cristianismo liberador en la trascendencia. Con ese trasfondo, repito a Pablo de tarso, Agustín y Lutero: «Ama y haz lo que quieras»

En eso estamos, encerrados pero con más apertura que nunca, en un tiempo de espera activa para que esta y generaciones futuras logren la felicidad.

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