El Capital somos nosotros. Timo Daun

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13/07/2020

PENSAMIENTO

EL CAPITAL SOMOS NOSOTROS

Timo Daum, autor de ‘El capital somos nosotros’, habla en esta entrevista de temas urgentes: la aparición de los algoritmos como una herramienta de control y la pelea actual por la recolección y generación de información de los usuarios

 

HIRAM ALVARADO | miércoles, 10 de julio de 2019

 

Con el libro El capital somos nosotros. Hacia una crítica de la economía digital el académico alemán Timo Daum ganó el premio Libro Político 2018 que otorga la fundación Friedrich Ebert, de su país. El ensayo se centra en temas de economía digital, big data y nuevas plataformas digitales. Se trata de una profunda reflexión acerca de la capacidad del capitalismo digital para reproducir fórmulas, la aparición de los algoritmos como una herramienta de control y la pelea actual por la recolección y generación de información de los usuarios; también aborda críticamente los nacientes modelos de negocios digitales y las nuevas formas de trabajo.

El volumen fue presentado hace unos días en el Goethe-Institut Mexiko en presencia del autor. Con un español fluido, el escritor respondió las preguntas de La Tempestad acerca de los temas que aborda El capital somos nosotros.

Imagen – Timo Daum © Fabian Grimm

Tomando el cuenta el planteamiento que hizo Lenin en El imperialismo como fase superior del capitalismo, ¿en qué grado se encuentra el capitalismo digital o cuál sería su fase superior?

Esta fórmula famosa de Lenin contiene un veredicto histórico, hablando de la última fase, que significa que está a punto de sucumbir. Es una tradición bastante larga; Rosa Luxemburgo, por ejemplo, estaba convencida de que a finales del siglo XIX la superficie de la tierra sería conquistada por el capital, que ya no quedaría sitio para expandirse más, encontrando así su crisis final. Han pasado muchos años desde que se formularon esos planteamientos y el capitalismo sigue ahí. 

Desde hace una o dos décadas, el capitalismo se ha encontrado con una nueva frontera que ensayistas y teóricos consideran, de nueva cuenta, como una crisis final, la barrera de la información, que atraganta al capitalismo. Sin embargo, soy escéptico porque estoy convencido de que el capitalismo, hasta ahora, ha sabido adaptarse a todos los retos y las barreras. Los fenómenos discutidos en mi libro afectan a todo el mundo, así es el capitalismo digital; estamos más al principio que al final, de hecho estamos comenzando a entender lo que ocurre, y muy lejos de presentar una teoría terminal sobre esto.

¿Qué conceptos del capitalismo digital se pueden afirmar hasta ahora?

Los estandartes del capitalismo digital (las cinco grandes empresas de este lado del Pacífico y las otras tres del otro lado, en China) no están consagrados ni descansando sobre sus méritos, siguen en modo pánico, probando nuevas maneras de hacer business, porque conocen su historia, saben que los cambios pueden ser muy rápidos y que los gigantes pueden desaparecer en escaso tiempo. Por ejemplo la empresa Uber, que se equipara a Toyota o General Motors aunque no produzca automóviles, porque se le atribuye la capacidad de transformar el sector de la movilidad en el mundo. 

Hasta el momento hay dos modelos planteados: el primero es la estrategia de las start-up app, que consiste en conquistar un mercado hasta monopolizarlo; en el caso de Uber no solo se trata de la competencia privada, también del transporte público, ya que una vez alcanzado el monopolio y abolido el transporte en común, estaría en condiciones de subir los precios considerablemente; el segundo modelo es la interacción autónoma, el sueño de quitar al trabajador de la ecuación para eliminar la mitad de los costos y cumplir el anhelo de estas empresas: eliminar intermediarios en la relación usuario-plataforma, es decir, a los trabajadores, dejando que el usuario se relacione directamente con el algoritmo.

¿Cómo se da, para efectos prácticos, la intersección entre producción, servicios e información de la que hablas en el libro?

Estas tres cosas siempre están conectadas, sólo se pueden separar en la teoría. Aunque estas tres cosas siempre están unidas, veo una tendencia histórica hacia la información, la veo no sólo en Internet o en las relaciones sociales, sino en ámbitos donde trabajan grandes empresas como Google, Facebook o Microsoft; el software ha alcanzado a los sectores más importantes de la sociedad y la economía, pasando por la agricultura, la sanidad, el transporte, la educación y hasta en la minería, todo mundo está hablando de inteligencia artificial y de cómo conseguir datos; creo que estamos al principio de una fase histórica, del capitalismo informático.

El capitalismo digital se acompaña de la idea de ser ecológico –un ejemplo de ello es la nube, a la que se presenta de forma iconográfica con el color blanco o con tonos ecológicos; sin embargo la nube no existe, existen los ordenadores que pertenecen a otra gente–; cometemos un grave error si pensamos en el capitalismo digital como una forma de virtualidad que no consume energía, sin repercusiones en el ambiente. La ideología de este capitalismo es la del big data, la de siempre querer más, que se asemeja a la ideología del capitalismo industrial. 

¿Cómo se evitaría que el algoritmo que mencionas para la transparencia de información y la rendición de cuentas no juegue a favor de las empresas e intereses políticos, más que a favor de la democracia?

Partimos de un fenómeno llamado blackbox. Por un lado, a muchas empresas, instituciones privadas y estados activos en la colección de datos privados les damos el derecho de usar nuestra información: nuestros datos, que mantienen escondidos y cerrados, son suyos; por otro lado, están los trade secrets o secretos de comercio, que son los algoritmos que crean recomendaciones y recopilan datos con el data-mining; estos algoritmos toman decisiones por nosotros, tienen un impacto enorme en nuestra formación y en lo que pensamos, en los productos, los viajes, los libros y las traducciones que elegimos, qué vemos en Netflix, etc. Hay un movimiento que consiste en abrir las blackboxes, lo que significa que los datos deben ser de todos; en el caso Uber, por ejemplo, ayudaría en cuestiones de tráfico. Es un movimiento muy interesante; sin embargo, se queda corto en muchos aspectos, porque hay ejemplos donde estas poderosas empresas no tienen ningún inconveniente en compartir los datos, usar algoritmos de código abierto, como Google, cuyo 60% de software es de código abierto, o TersorFlow, una biblioteca de inteligencia artificial. Estos fenómenos nos hacen replantearnos si la apertura de los datos es un logro o una buena opción ya que, finalmente, la apertura no ataca al monopolio ni a las empresas y, fundamentalmente, mantiene un desequilibrio entre quienes coleccionan datos y quienes los generan. Ahí hay un eslabón de poder: nosotros somos los trabajadores que con nuestras actividades no tenemos otro remedio que generar datos; se repite la asimetría que existía en los tiempos del trabajador asalariado de Marx con respecto a quien tiene los recursos o el capital.

¿En qué medida los algoritmos para la búsqueda de información sesgan nuestra forma de pensar? 

Nicholas Carr se ha hecho famoso gracias a una tesis en la que sustenta que el uso de los algoritmos de los buscadores de información no sólo sesga sino que transforma nuestro cerebro, que tiene repercusiones biológicas en la evolución; además de ser dañino: hay que evitar su uso, dice Carr, que lo compara con fumar o tomar alcohol, hábitos que matan células de la materia gris. No sé si está exagerando un poco, pero es obvio que estos filtros reducen todas las posibilidades existentes en el mundo. No lo veo como algo apocalíptico: si retrocedemos sesenta años, en Alemania había una prensa muy poderosa, dos canales de televisión con muchísima influencia, no existía Internet; hoy es muy fácil leer cuatro periódicos diferentes en línea, hoy los jóvenes tienen madurez mediática, saben perfectamente lo que es publicidad, alteran la búsqueda para llegar a otra información, investigan para saber si la autoridad dice la verdad. Últimamente veo una tendencia a exagerar los efectos de las fake news; durante toda su existencia, la publicidad y el marketing nos han dicho que si les damos dinero pueden manipular a la gente.

En el artículo de Narrative Science que citas se menciona que en el futuro el 90 por ciento de las notas periodísticas podrán hacerse con algoritmos. ¿Qué pasa con el periodismo de investigación, narrativo o crítico?

Cito un libro de una crítica de medios alemana de hace unos diez años; creo que el postulado de esa tesis se ha consagrado, sobretodo con la creación de noticias bastante estándares: se ve claramente en noticias del tiempo o del deporte. Pienso que se acrecentará la automatización de la creación de textos; los traductores trabajan con Google Translate, por lo menos en parte; es cierto que ha habido avances en los últimos diez años, pero no ha ocurrido la robotización total del periodismo, en realidad ocurre lo que muchas veces con la automatización del trabajo: al final el robot no le quita el puesto al trabajador, sino que el usuario hace parte del trabajo. Ésa es una de las tendencias más grandes, la contribución de los usuarios, el blogging, el microblogging; en Alemania, por ejemplo, hay un periódico con una sección que se llama “Artículos del público”.

Pones de ejemplo la automatización del trabajo de los jueces, ¿es posible que un algoritmo emita decisiones?

El libro de las leyes como un código, claro. Por ejemplo las leyes fundamentales en Francia se agrupan en el Code Civil; ahí tenemos esa palabra, que engloba unas instrucciones con un lenguaje especializado, como un lenguaje de programación. El proceso sería meter los datos de un caso concreto y que el veredicto lo genere la máquina; es casi como Max Weber describió la función del juez a principios del siglo XX, en un contexto más amplio, dijo que uno de los síntomas claves del capitalismo moderno es seguir reglas, la matematización de la economía y la administración. El algoritmo es una cosa profundamente moderna y describir el proceso automático de resolver un caso de esta forma choca con la percepción que suele tener el público de que los jueces tienen que ser personas más humanas; aunque es todo lo contrario. Lo podemos ver en el problema de racismo en Estados Unidos: las investigaciones que conozco arrojan que los algoritmos son peores que los humanos o que sus decisiones son sesgadas. Creo que en la mayoría de los casos son los datos o los casos anteriores que acumula el algoritmo lo que reproduce la historia del sistema jurídico racista; esta discriminación está escondida en los casos y es muy difícil de erradicar.

¿En un futuro podríamos hablar de una carta magna o una constitución universal automatizada con un sistema judicial para que el algoritmo dictamine?

Una constitución global es una buena idea y una necesidad porque temas como las leyes de privacidad, los datos abiertos y los derechos humanos son mundiales. A través de un nuevo paquete de leyes Europa ha intentado tratar estos temas que, al parecer, están teniendo resonancia en todo el mundo. Los datos de nuestras interacciones están almacenados en Malasia, se analizan en la India, se venden en Noruega, etcétera: necesitamos un movimiento global que regule estas cosas. Antes de automatizar a los jueces, deberíamos encontrar una carta magna o constitución para el mundo digital, estoy a favor de eso.

Con la sharing economy como núcleo del nuevo modelo capitalista, la posesión de objetos personales se encuentra decreciendo. ¿Está condenado el consumo dentro de unos años?

Sí y no. Por un lado, vemos la tendencia de cada vez acumular menos propiedad, menos objetos. La gente joven, por ejemplo, no valora tener un auto pero goza de otras opciones de movilidad; por otro lado, la tendencia del capitalismo de vender más y más quizá se está moviendo hacia la información y los servicios; sin embargo la lógica de “entre más, mejor” continúa. El big data, por ejemplo, hace plataformas diseñadas para mantenernos activos 24 horas al día, 7 días a la semana, extendiendo así una jornada laboral casi al infinito; incluso las apps de car sharing o ride sharing no optimizan el tráfico sino que crean máximas ganancias para las plataformas. Es una lógica del crecimiento muy cuestionable.

¿Cómo funcionan los bohemios digitales?

Hace unos diez años apareció un nuevo personaje, el freelance, un trabajador online que no buscaba una carrera profesional, que intentaba idear un mundo perfecto, tener libertad artística, quitarse las condiciones de pobreza y hambruna. Se trata de gente en apariencia lista, que puede vender online, darse una buena vida. Se ha puesto de moda este estilo de vida, en el cual el capitalismo ha encontrado una forma perfecta para asociarse: a esta gente no hay que pagarle salarios ni prestaciones, le gusta lo que hace, son flexibles y asumen muchísimas cosas que el trabajador asalariado no había asumido: ellos creen que hay que buscarse la vida, trabajar en proyectos temporales, aprender eternamente. Esto es un mindset y debo decir que yo mismo caí: asumí esta ideología de no madrugar, no hacer el mismo trabajo con el mismo jefe muchísimos años. Es una de las situaciones donde vemos perfectamente cómo el capitalismo digital no sólo crea una nueva formación económica, que es la plataforma, sino que cambia la sociedad y a nosotros mismos y origina un nuevo arquetipo, nuevos individuos, con sus creencias y forma de vida, que creen haber elegido libremente. Es así, pero también resulta que su elección encaja perfectamente con el nuevo engranaje. Por eso creo que estamos en el principio de un nuevo modelo: podemos aprender de Foucault o Deleuze, que escribieron sobre la subjetivización, y al mismo tiempo crear individuos con sus pensamientos y sus creencias, controlarlos desde dentro; Shoshana Zubogg habla del capitalismo de la vigilancia, que es un aspecto que no se puede separar de la economía.

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