El neoliberalismo como método a la hora de someter el todo a una parte

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El neoliberalismo preconiza el individualismo como actitud ante un conjunto social y económico en que los propios valores personales deben prevalecer sobre esos otros valores que, incumpliendo el riesgo de superación del miedo y el afianzamiento del conocimiento, se desvanecen entre una ética impersonal que no tiene cabida en el ínterin de la economía política.

En este sentido, los valores en los que se apoya el capital resultan de una formación a la que sólo pueden acceder una mínima parte de la Humanidad, pues todos conocemos las dificultades que trastea al ser humano si lo agazapamos en un universo sin cultura y preparación ninguna. Esa parte de la mundialización no entra dentro de los cánones de la globalización económica, y, si lo hace, es siempre desde la explotación, el abuso, la defenestración y un trabajo a muy bajo coste además de más alienación a partir de jornadas laborales infrahumanas.

Por tanto, el neoliberalismo sólo está pensado para una élite, una minoría selecta –como decía Ortega-, la cual se erige como fundadora del capital que distribuye de manera aleatoria y siempre desde el ámbito de las ganancias.

El mercado existe porque se apodera de la riqueza. Si la tecnología o la industria o las multinacionales o las empresas que cotizan en Bolsa no obtuvieran excedente de capital, el neoliberalismo dejaría de tener sentido. ¿Cómo buscar un sentido a una vida fuera del capitalismo?

No es fácil explicarlo, pero nuestro intento esperamos que no resulte en vano. El hombre transmoderno –utilizaremos este término para rechazar lo estudiado y letalmente aplicado en esta aún cercana filosofía de la posmodernidad- tiene dos opciones: el apego al sistema o la rebelión contra tal. Esto es lo que hoy en día está sucediendo en el mundo.

Entendamos por mundo los dos mundos: uno que vive producto de los inmensos avances de la democracia capitalista, desde donde se ha lanzado el mensaje que no hay posibilidad ni política, ni social, ni económica, ni cultural de obtener beneficios rápidamente y construir un Estado de Bienestar donde la ciudadanía permanezca quieta y sin respuesta ante determinados postulados sociales; y el otro mundo, que es el que ya se ha dado cuenta que el capitalismo sólo nace desde una mentira y una mascarización de sus alianzas culturales y macroeconómicas entre los países prósperos. Es este otro mundo el que sobrevive gracias a las limosnas del primer mundo, el cual fagotiza al débil para fortalecerse a sí mismo y anchear sin límites los resultados de producción de mercancías.

La mercancía es el principal objetivo –y por tanto debemos anotar aquí las consecuencias que produce- del capital, pues sin mercado no se origina riqueza y sin riqueza el capitalismo se derrumba. El mundo pobre ha sido obligado a vender su patrimonio natural –materias primas, petróleo, gas natural, diamantes, metales, uranio, costas, tierra fértil, etcétera- sin el acompañamiento de un crecimiento económico que posibilite escapar definitivamente a la ciudadanía devaluada por sus dirigentes, los cuales se lucran con los negocios que alternan con los países fuertemente capitalizados, dando como resultado la miseria más indecente y la pobreza más inhumana.

El hambre y las enfermedades supuran alrededor de unas tierras globales que se desprecian por parte del capital, el cual aprovecha para desmantelar todos los bienes públicos de las naciones con menos presencia y voto, desterrando la intervención, en la Organización de Naciones Unidas. El culto al mercado obliga a que el mundo proscrito se abalance sobre éste con toda su infamia y con la ausencia de la presencia de los derechos humanos. El capitalismo destruye en general toda civilización anegando para siempre la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Resolución 217 A (III) el 10 de diciembre de 1948 en París y reformulados a partir de la carta de San Francisco de 1945.

El capitalismo no obedece esta resolución y evita su cumplimiento porque le impide expandirse por el planeta y gestar la anulación de la declaración firmada en París después de la Segunda Guerra Mundial. La unión de esta declaración –básica para su cumplimiento en un momento de posguerra donde era necesaria la alianza entre países que habían sido devastados por el fascismo y, por ende, urgía crear una nueva sociedad global en donde primara lo social, el respeto, la fraternidad y el crecimiento económico de las naciones- y los Pactos Internacionales de Derechos Humanos y sus Protocolos que comprendían la Carta Internacional de Derechos Humanos procuraron constituir un documento orientativo, donde las alianzas se afianzaran según los tratados internacionales que obligaban a los Estados firmantes a cumplirlos.

Pero -y he ahí nuestra crítica- lo que se pensó en aquella posguerra terrible y demoledora de arquitecturas y bellezas de los distintos países que se aliaron contra el social-nacionalismo de Hitler y el fascio de Mussolini, en estos momentos del siglo XXI se ha desvirtuado con plenitud y prácticamente ha desaparecido, obstruyendo la buena voluntad del DUDH. El capital no cree en el hombre, sólo en la mercancía.

Constatamos, pues, que prevalecen dos mundos. Un mundo que destruye y el otro que es destruido. ¿Cómo salvar esta barbarie y esta enajenación de la explotación que únicamente genera vergüenza y descrédito? La tarea es ardua, muy dificultosa, casi imposible, digamos incluso que utópica.

Sin embargo, desde un optimismo en la raza humana, en la generosidad del hombre, en la compasión de la existencia, en la adivinación que alterna el mal hacia el bien, sospechamos que de aquí en muchos años, quizá no demasiados, la faz del planeta cambiará y los que ahora son oprimidos escaparan de su propio hundimiento moral y cívico para penetrar, aunque con sombras, en un paralelo que garantice la convivencia y la armonía una vez desaparecido el capitalismo y las consecuencias de éste.

Para ello hay que facilitar que los pueblos desheredados consistan en una rebelión pacífica desde su nacionalismo socializador. Suponemos que dentro de varias décadas el paso fronterizo entre unas naciones y otras llegará a desaparecer. Para ello, cuando esto ocurra, el mundo expoliado debe haberse construido a partir de los avances tecnológicos, culturales, sociales y políticos, los cuales facilitarán la intercomunicación con el mundo privilegiado. El hambre siempre posibilita el despertar de las conciencias y la mayoría de edad de la inteligencia. De eso estamos seguros.

Por otra parte, somos muy conscientes de que este proceso debe realizarse sin el mínimo brote de violencia, pues la violencia impide el crecimiento formal y ontológico de las naciones. Vendrá un nacionalismo desde este mundo del sur que sujetará sus principios locales y optará por la regeneración de los pueblos y la imitación del tiempo en que fue abatido desde una falsa eticidad y unos intereses promiscuos y propios del hombre en su estado más salvaje. La defensa del mundo del sur se untará de bienes propios y de acumulación de riquezas o crecimiento económico interno. Pero lo que nos preguntamos urgentemente es: ¿qué tipo de política o de manifestación económica elegirán estos países cuando lentamente vayan saliendo de su letargo de centurias? He ahí donde radica la controversia que queremos resaltar.

Y vuelvo acabando con estos versillos míos que libres son de interpretación. Mi vanidad no es tal, en caso tal, mis cosillas de lector y escribiente seguramente equivocado:

Como hombre que eres, no debes huir de los demás hombres.

Es preferible soñar tu propia civilización

que estar en la cama devorándote o habitándote, siendo el Otro.

Te digo que practiques el Amor,

porque así alimento ofrecerás a tus células,

quizá hoy muertas por culpa de esa Luna estúpida

que alguien que no eres tú quiere conquistar

siendo tuya, ahí arriba, como la suite antigua en que alojarte.

Te digo que practiques la Virtud,

Porque así lo dice Tharmas

mientras el mundo se va destruyendo sin culpables.

Aloja en ti el dormitar y la pereza,

el acto por el acto mismo y ese instinto tan blanco

que filma cual folklore esa inmensa emoción

que llegará a ti cuando tu nombre sirio sea Adonis.

Te digo que practiques la Belleza,

porque hay un ángel en ese Imperio que tú eres,

además de una cámara de cine que te apunta en primer plano,

pues bello eres, aunque alguien te lo niegue

o te lo reproche.

Bello como la patria que tú has fundado para ti.


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